Mamma mia, che acuti!! Son las primeras palabras que expresó el médico de la madre de Pavarotti, al escuchar los agudos gritos que profería el recién nacido luego de hacer su llegada a éste mundo nuestro, el cual más adelante lo habría de mimar y aclamar. Y esa fue una de sus características a través de la vida artística, gran capacidad torácica, sumado a un timbre de voz inigualable, que lo convirtieron en uno de los mejores tenores de nuestra generación. Ya antes, a inicios del siglo, se habían destacado Caruso, el ídolo de Luciano y a mediados del mismo el italiano Corelli y el sueco Björling, pero Pavarotti vino a enriquecer una época en la que la ópera se popularizó, en buena parte gracias a su labor y la de Plácido Domingo. Nacido en 1934 en el seno de una familia humilde y campesina, en Módena, Italia, fueron sus padres Fernando, un panadero y Adele, quien trabajaba en una fábrica de cigarros. La abuela, Giullia, fue su primera “tutora”. Cuenta el propio Luciano que su padre cantaba mejor que él, pero que su pavor a los escenarios impidió que prosiga una carrera artística. Pero lo que sí hizo el padre es introducir a su joven hijo al mundo de la ópera a través de discos, especialmente de Caruso y Gigli, de quienes aprendió sus primeros tonos. Posteriormente los maestros Pola primero y Campogalliani después, ambos cantantes retirados, se encargarían de sacar a relucir el gran talento con el que Luciano había venido al mundo. Pero la carrera no fue fácil al principio- a ratos le atraía el fútbol, en otros pensaba en ser profesor-pero terminó ganándose la vida en ésta etapa como vendedor de seguros- mientras seguía con sus clases. Su primera oportunidad llegó al ganar un concurso en Módena, cuyo premio consistía en participar en una ópera, su primer Rodolfo en La Bohéme, de Puccini, con lo cual se dio a conocer en su patria, llegando luego una llamada del famoso Tullio Serafin para una audición en Roma para Rigoletto, de Verdi, papel que también lo consiguió. Pero aun así la competencia de los Corelli, Raimondi, Bergonzi y otros de la época era muy dura en Italia, por lo que más bien empezó a buscar en el exterior, cuando la gran oportunidad se dio en su propia patria, al hacer el papel de tenor en el Requiem de Verdi en Milán, para el célebre director de orquesta Herbert Von Karajan. Luego vendrían otras actuaciones importantes en Miami y Australia. Poco a poco Nueva York, Londres, Chicago, Viena, San Francisco, Buenos Aires y Pekín, por nombrar sólo algunas ciudades, se rindieron a sus pies, emocionados por su carisma y personalidad, rasgos que le acompañaron toda su vida y que eran cálidos y agradables como su voz. Tuve oportunidad de estrechar brevemente su mano en 1996 en Nueva York, mientras colocaba en su otra mano un libro sobre las Galápagos, con motivo del homenaje que brindaron a James Levine, director de la Opera Metropolitana de esa ciudad, por sus 25 años al frente de la misma. También pude escucharlo en vivo un par de veces, en La Bohéme y en Un Ballo in Maschera, de Verdi también. Me perdí, por una situación familiar, escucharlo una tercera vez, en la ópera Pagliacci, de Leoncavallo. De su primer matrimonio, con Adua, el amor de su juventud en Módena, procreó tres hijas: Lorenza,Cristina y Giulianna, mientras que con su segunda compañera, Nicoletta, con quien estuvo desde 1993 y con quien contrajo matrimonio en el 2003, tuvo también una hija, Alice. El gran tenor, como parte de su personalidad, siempre supo gozar de la vida. La buena comida, la pintura y los caballos fueron algunas de sus pasiones. Pero también se dedicó a realizar una extraordinaria obra social, a través de conciertos y festivales benéficos, incluyendo su célebre serie “ Pavarotti and Friends” a beneficio de varias causas mundiales. Fue criticado por haber incursionado en la música popular pero lo que realizó, en realidad, es abrir el mundo de la ópera a millones de personas que antes ni lo conocían. Al respecto realizó, junto con Domingo y José Carreras los conciertos llamados “Los 3 Tenores”, con notable éxito. Sus principales papeles serán recordados siempre, su Rodolfo en La Bohéme, el Duque de Mantua en Rigoletto, su Cavaradossi en Tosca y Gustavo III en Un Ballo pasarán a la historia como excelentes representaciones y aunque hacia los últimos años se rehusaba a aprender nuevos roles, su legado es muy amplio y duradero. En éste aspecto creo que Plácido Domingo es un artista más completo; al fin y al cabo le cuadruplica en papeles y en idiomas, para no hablar de sus otras funciones, pero la voz de Pavarotti, sus supersticiones, su pañuelo blanco y todo lo que él representaba nos seguirán deleitando para siempre en sus variadas grabaciones. El propio Luciano escogió al peruano Juan Diego Flores, tenor lírico, como su sucesor. Personalmente pienso que éste extraordinario sudamericano, quien se administra muy bien su carrera, más tiene los rasgos de un Plácido. En su momento se dijo que el francés Alagna era el sucesor, en otro que el italiano Licitra, o el mexicano Vargas; el argentino Cura también vino a engrosar la lista. Para mí, Pavarotti es Pavarotti, su manera de ser, su “charm”, sus “pecadillos” y por sobre todo, su hermosa voz serán reconocidos por siempre, por lo que el sucesor de Luciano, al no haber tenido hijos varones, se quedó en el cielo, cantando en algún coro de ángeles.
Sidney Wright |